Sobre el año 1997, depositado sobre el mostrador de un restaurante, se ofrecían unas tarjetas del que me ocupa.

 

Semanas después, con reserva previa, nos acercamos, sin más referencia que unas palabras por teléfono. 

 

Algo complicado para llegar, subyuga el entorno. Es un auténtico privilegio comer en la terraza, con vistas que abarcan el mar de naranjos a los pies, y al fondo el algodonoso horizonte.   Un posterior paseo por los alrededores, ayuda a efectuar la digestión.

 

Durante varios años los he visitado con placer, recorriendo su carta. Yo casi siempre me quedaba con la paella de pato, exquisita, hasta que una vez, dejó de serlo. Nada grave pensando en que somos humanos.

 

Un servicio profesional, aunque algunas veces desbordado.

 

 

Decoración (0 a 5)

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Servicio     (0 a 10)

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Calidad      (0 a 10)

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Volver       (0 a 10)

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Resultado

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